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El Ojo Astillado

Fotografía: Lord sin Nombre.

Ella era una jovencita, fea, de sucio rostro, dientes negros picados por el exceso de golosinas, piel clara y cabellos cobrizos que vivía junto a sus serios y amargados padres, quienes habían engendrado a otras 5 criaturas con algunos escasos años de diferencia. Era una familia joven de la época. Aurita, la jovencita de rostro sucio y curiosidad enfermiza, siempre mal congenió en el seno familiar.

El hecho de ser la tercera en su cuadro familiar, le había impregnado un sentimiento leve de rebeldía en contra de sus 5 hermanos, quienes fueron paridos por el vientre de su madre en el siguiente orden: Douglas y Ángela los consentidos de padre y madre con apenas un año de diferencia entre ellos, eran el soporte familiar, hacían de las labores mientras su padre trabajaba en la Compañía de Electricidad Publica del pueblo y su madre como buena mujer de casa, mandaba y mandaba cual matriarca de la Rusia zarista. Inmediatamente 5 años después viene Aurita, la protagonista de ésta rara historia, quien nunca supo hacer más que el papel del perro famélico al cual le caen todas las pulgas. Luego de Aura y su marcada diferencia, la madre Doña Bernarda, quedó sola por más de 4 años los cuales pasó Don Marcelo fuera del país, enviado por la Compañía donde laboraba, para cursar una especialización. Al regreso de Don Marcelo, éste y su pareja se encontraban deseosos del acto de apareamiento por tanto tiempo que habían pasado el uno sin el otro, al punto de tan copiosa copula, logran engendrar en el aún fértil vientre de Doña Bernarda a Elena, Isabel y Reinaldo, una camada de adorables trillizos en el mismo orden.

Aurita desarrolló una conducta extraña digna de estudio psicológico, que fue agudizándose con su crecimiento: traumas, nervios compulsivos, enfermizas conversaciones con amigos imaginarios. Aun así, en medio de su inocente demencia, debía atender el trío de hermanos menores mientras era vigilada bajo amenazas y maltratos por los mayores. Sobre ella reincidieron todas las injusticias que el mundo pudo concebir, niña de horroroso aspecto, escasa inteligencia, poca educación, objeto de burlas y blanco de todo el trabajo forzoso que sus hermanos mayores omitían realizar. Ha de ser difícil imaginarse una vida como la de Aurita, aunque en honor a la verdad, me siento aliviado de que la protagonista de hoy es ella y no yo, vuestro fiel y buen amigo narrador.

De todas las enfermizas costumbres que pudiera tener la niña en cuestión, había una, sólo una, que era la más reprochable y repugnante de todas. Sin saber por qué, desconociendo todo motivo lógico o razonable, Aura tenía el deseo impulsivo de mirar dentro del féretro, el rostro de todos los cadáveres que fuesen velados en la única sala velatoria de aquel pueblo, la cual tenía más diversión y atraía más personas que las mismas discotecas y bares de hoy en día.

Hay que reconocer que para ser un pueblo rural de escasos habitantes, el acontecimiento de muerte era un hecho celebrado, esperado e incluso deseado, tan igual como se ansiase la venida de la navidad, fechas patrias o celebraciones de santos patrones en donde el ambiente se torna festivo, salen las personas de sus casas y ocurren acontecimientos que dan vida a las lenguas viperinas de las comadres de esquina. La población pueblerina en estos eventos, solía agolparse en las diferentes salas cuando ocurría un deceso, fuese o no doliente, nunca podía faltar la visita a la viuda, los huérfanos o familiares cercanos con el respectivo saludo acompañado del casi mecánico “sentido pésame” pronunciado perennemente en tono oscuro y acento funesto. Aquello había sido un rito que se convirtió en tradición.

No hubo un difunto en todo lo que fue de la psicótica existencia de Aurita, el cual ésta no le haya visto por última vez, acomodadito en su lecho mortuorio. ¡La pequeña podría estar en el apuro más grande de su corta vida pero nada era más importante que mirarles! Ese acto tan voyeurista le causaba quizás, un placer indescriptible tanto para ella como para los que la conocimos. Nunca le importó dar el saludo a los familiares del difunto, conocer detalles de la muerte o cualquier otro aspecto común para el suceso, ella simplemente necesitaba mirarle al rostro, observar esa cara inmutable, esos párpados siempre cerrados, esa pose de somnolencia y con ello, detallar al mismo tiempo el macabro semblante a la muerte reposada y vanidosa de haber cumplido su jornada, para después ir corriendo a plasmarlo, con el detalle que envidiaría un profesional, en las últimas páginas de la contraportada de un viejo libro de álgebra que una vez utilizó como material de estudios, aquellos mismos que nunca pudo concluir.

Corría la tarde de aquel 11 de septiembre, entre nubes grises, aroma húmedo y frío seco cuando por boca de su maliciosa hermana Ángela, la pobre Aurita se entera de quien sería el muerto mas espectral que a su mentalidad retorcida le causase mayor curiosidad –Ha muerto el viejo Vicente, dice Ángela a viva voz en la cocina, lo suficientemente alto como para que Aura logre escucharle desde el patio de la casa, donde ésta desgranaba pacientemente los millones y millones de vainas en donde se escondían multitudes de granos negros que servirían de alimento y sustento para la familia campesina.

Con las manos entumecidas y cegada por la noticia, la enfermiza pequeñuela suelta de un golpe el jarro contentivo de los granos, mientras que con el mismo movimiento saca de su cuerpo el curtido y roñoso delantal que siempre le acompaña en las jornadas diarias, para ir corriendo desesperadamente, por a través del laberinto de callejuelas que apuntaba a la empinada calle rocosa de muros tapizados por hiedras sirviendo de ambiente para el luto que permanecía imperturbable, al igual que la única funeraria del pueblo que se establecía en lo más alto de esta misma calle. Desde lo bajo se podía leer aquel irónico aviso que anunciaba “Nunca pierdas la esperanza”, nombre poco común para bautizar una solitaria y gangrenosa funeraria, luciendo colgado desde el techo de tejas mugrosas.

Mientras Aurita corría por la culebrilla de calles, luciendo como si le faltase el aire, su cara reflejaba un profundo terror acompañado de una agonía placentera como el que cualquier desquiciado experimenta en el preludio de su pérfido acto. Al llegar, casi sin oxígeno, al penoso local lúgubre, percibe un ambiente poco común para los que ella estaba acostumbrada, no podía dejar pasar por alto que se trataba del funeral de Don Vicente, y digo Don “por el puro respeto que me inculcaron mis padres para con los muertos” porque de Don, este señor nunca tuvo nada, era el verdugo más despiadado del pueblo, Vicente Humbría, de grandes bigotes y manos alargadas, cuerpo encorvado y mirada asesina, su oficio era lo que yo tildaría de “concubino de la muerte” o para mejor comprensión, asesino por encargo, recibía pago de personas adineradas con el compromiso de silenciar a personajes que de alguna manera le hacían incómoda la existencia a sus bondadosos jefes.

-Ay!!! Dios mío!!! ¿Y ahora quién me sacará los granos cuando haya verano? Dime quien lavará el mondongo los domingos por la mañana! Gritaba desesperada Doña Rosa, la vieja prostituta regenerada que había contraído matrimonio hacía 15 años con el Asesino de su marido. Lloraba de tristeza, lanzaba cacofonías de lamentos -¿Por qué? ¿Dime Dios, por qué te lo has llevado? Mientras recibía los saludos de cuanto curioso asistió al velorio, no tanto para curiosear sino más para asegurarse que aquel infame personaje estaba de verdad muerto y con su muerte, morían también las atrocidades cometidas.

Nuestra pequeña y sádica protagonista, traspasando por los funerarios portones de ébano barnizados con olvido, lograba entremezclarse con tal avidez en medio de la negritud amorfa de personas asistentes al acto, haciendo oídos sordos a los gritos elocuentes de familiares dolidos, se dirigía directamente hacia aquel leproso resplandor que salía del repugnante ataúd carcomido por miserables termitas, donde reposaba como un gusano, el putrefacto Don Vicente. Estando a escasos metros de distancia entre su anhelado objeto, sintió una sacudida estremeciendo las podridas hebras de cabello junto a los zarcillos oxidados que pendían de los lóbulos de sus orejas llenas de cerumen, Aurita en su locura demencial podía escuchar lo cancerosos gritos de horror cuyas raíces alcanzaban los interminables abismos de su estómago, era como una especie de señal, esas en las que el autor de este relato nunca ha creído, la que le avisaba a la pequeña pérfida, lo pavoroso que sería mirarle el rostro al cadáver putrefacto.

Y allí iba, decidida y sin temor, enceguecida por un impetuoso destello de azuladas centellas, como halos polvorientos de metileno derramados sobre todas las hipnóticas miradas, pero solo capturado por la mirada de Aurita, impulsándole a ir más allá, al génesis de tal espectáculo visual digno de profundidades insondables.

El salón espectral estaba cundido de aromáticas flores, la misma muerte los rondaba, de luto estaba ésta por la caída de su más fiel paladín. El sonido repugnante de una bisagra mal engrasada hacia las veces de un marrano moribundo, mientras que la pobre Aurita, intentaba impertinentemente, impulsando sus delgados piecesillos, mirar dentro de la cochina urna.

Ningún sentido, ningún cerebro en sanas facultades, ningún ser de este mundo ha podido contemplar jamás aquel horroroso espectáculo, cadáver de mirada fija y ojos abiertos, ese mismo ojo derecho compuesto por una pelotita de vidrio, que fue lo que sus victimas vieron por última vez, y fue a su vez lo que ahora terminaba de una vez por todas, con la poca cordura de Aura, de aquella cavidad ocular se desprendían millares de formas espantosas imposibles de recordar, como si todas las atrocidades del mismo personaje se hubieren condensado en aquel ojo de cristal, desprendiendo gritos burlones, sombras espeluznantes, gatos negros encharcados con alquitrán, ronquidos espectrales y un haz de brisa fría y fuerte que terminó por estallar la única bombilla amarillenta que iluminaba la sala y apagando de un soplido escalofriante las 4 velas que rodeaban al cadáver, al mismo tiempo que caía tendida ella, la última víctima del maldito viejo asesino bautizado católicamente como Vicente.

Aura Caridad Pérez o Aurita, tal como era conocida por cariño, cae de un estruendo al suelo, provocando a todos los presentes con una extraña sensación de sorpresa y confusión.

-…ejército de entes desmembrados, miradas que se ahogaban en ácidas lágrimas, sueños que se terminan confundiendo con la realidad y balbuceos terroríficos como si invocase a los más temibles espectros residentes de las catacumbas en que fue convirtiendo lentamente las páginas de la contraportada de aquel cuaderno de álgebra, fue lo último que redactó el Dr. Portillo, encargado de llenar el informe forense sobre la Muerte acontecida, la misma que tanto dibujó Aurita y ahora visitaba a la vagabunda demente, 3 meses después de haber sido internada en el sanatorio capitalino por paranoia severa.

Loserr.

Categorías:Relatos
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